Lo que descubrí del placer a los 35 (y no, no es lo que crees)
Llegué a los 35 pensando que ya lo sabía todo de mi cuerpo. Spoiler: nada de nada. Lo que de verdad me cambió no fue un juguete, ni una postura, ni un libro de los que te recomienda Instagram. Fue dejar de tener prisa.
La primera vez que me dije «hoy no tengo objetivo, hoy solo voy a ver qué pasa», entendí que llevaba 20 años follando en piloto automático. Persiguiendo el orgasmo como una mochila que tenía que llevar al final del camino. Cuando me bajé del piloto y me puse a explorar sin reloj, todo cambió. La respiración, las pausas, dónde me tocaba mi pareja y dónde no. Empecé a hablar. Empecé a pedir. Empecé a decir no a cosas que llevaba diez años aguantando «porque sí».
No es un descubrimiento de revista. No hay paso a paso. Es solo permitirse llegar a casa, cerrar la puerta y decir: hoy es para mí. Y a partir de ahí, lo que venga, viene.
A mis 25 años me reiría de este post. A los 35, me parece lo más importante que he leído nunca.
Cuarentona feliz, no tengo hijos y no me arrepiento.
Llevo 3 años con esta filosofía y mi pareja tardó en entenderla, pero ahora no volveríamos atrás.
Las prisas son la peor enemiga. Suscribo cada palabra.
Lo guardo para releerlo. Necesitaba esto hoy, gracias.
A los 50 te digo más: ojalá lo hubiera leído a los 35. Pero a los 50 también vale.
El tema de pedir es el más difícil de todos. Para mí lleva años de terapia llegar ahí.