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Mi cuerpo, mis reglas: vibradores, fantasías y vergüenza heredada

Trabajo como psicóloga. En consulta veo mucho lo mismo: mujeres que llegan a los 40 sin haberse dado permiso para tener fantasías propias.

Nos educaron a muchas con la idea de que el deseo era cosa de ellos. Nosotras debíamos «corresponder», no inventar. Y ese guion se queda pegado. Las pacientes que mejor evolucionan no son las que descubren «un truco» o «una postura nueva», son las que se dan permiso para fantasear sin censura. Sin culpa. Sin pensar en si lo aprobaría su madre, su pareja o ellas mismas a los 20.

Tres ejercicios que funcionan con la mayoría:

  1. El diario de fantasías: escribir, sin filtro, lo que te excitaría. No para hacerlo, solo para verlo. La mayoría se sorprende de lo que aparece.
  2. La hora intocable: una hora a la semana, sola, sin móvil, sin pareja. No tiene que terminar en nada. Solo conocerte.
  3. Decir en voz alta una cosa que te gustaría probar. A la pared si hace falta. A la pareja, si hay confianza. Pronunciarlo deja de hacerlo monstruoso.

La vergüenza heredada se desactiva nombrándola. Y nombrarla es un acto político, aunque parezca solo un acto íntimo.

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