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Salir del Opus a los 32: tres años deshaciendo el lavado de cerebro

Nací en una familia numerada del Opus. Me retiré a los 32. Llevo tres años aprendiendo a vivir fuera. Si te suena, este es el sitio.

De qué hablo cuando digo «sectarismo religioso»: una organización que decide por ti con quién hablas, qué lees, dónde estudias, qué carrera escoges, con quién te casas, qué haces el sábado, qué piensas el domingo. Lo hace con cariño envuelto en obediencia. Y te cobra el alma por el camino.

Lo que tardé tres años en desactivar:

  • La culpa del despertador. Crecí levantándome a las 6:30 para misa diaria. Cuando salí, los lunes me despertaba a las 6:30 igual, sintiéndome culpable si dormía hasta las 8. Mi terapeuta me dijo «dormir no es pecado». Tardé seis meses en interiorizarlo.
  • El silencio sobre el sexo. 32 años pensando que mi cuerpo era «templo» y que cualquier deseo era debilidad. Mi primera vez (a los 33) lloré, no de tristeza, de incomprensión de que mi cuerpo pudiera sentirse así.
  • La pérdida de TODAS mis amistades. Cuando dejé, dejé. Me llamaron una vez para decirme que rezaban por mí. Nadie más me ha llamado. Tengo 35 amigos, conocidos hace tres años. Cero de los de antes.
  • Mi familia. Mi madre no me habla. Mi padre me ve a escondidas dos veces al año. Mis cinco hermanos se posicionan distintos: uno conmigo, dos en medio, dos en contra. Las cenas familiares dejaron de existir.
  • Aprender a decidir sola. Carrera, piso, pareja, vacaciones. CADA cosa la consultaba a un director espiritual. Hoy elijo yo y aún me da vértigo.
  • Las palabras. El vocabulario propio (norma, plan de vida, conversación, círculo, retiro) sigue saliéndome cuando estoy nerviosa. La psicóloga me ayuda a sustituirlas.

Lo bueno (que también lo hay): la libertad de UN domingo de no madrugar para misa. La paz de NO sentirme observada por Dios cada vez que veo Netflix. Aprender a sentir mi cuerpo sin culpa.

No escribo este post para criticar la fe de nadie. Tengo amigas católicas felices y libres que jamás me presionarían. Hablo de la versión institucional fuerte que vivimos algunas. Que existe. Y que se sale, despacio.

Si estás dentro, sé que probablemente no leerás esto porque no «estaría bien». Pero por si una se cuela: hay un lado de afuera. Y se respira mejor de lo que crees.

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8 comentarios

  1. Mi madre era de Testigos. Salió cuando yo tenía 14. Mi infancia desde entonces fue muy distinta. Si una madre puede salir, ABRE el camino a sus hijas. Tu post puede salvar generaciones.

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